SIEMPRE HASTA HOY


Por Diego Bartalotta // Ilustración: Mauro Gonzales


Miró la imagen de San Jorge que su hermana había acomodado en la repisa y salió. Estaba en cuero, vestido solo con el short azul, blanco y amarillo que le había mangueado a Leiva, el lateral derecho de Dock Sud. Su cara estaba desdibujada, las pastillas, el llanto y el desvelo, lo hacían irreconocible. Se golpeaba el pecho con la mano izquierda y con la derecha sostenía la Bersa calibre 22 como una bolsa de supermercado.
La noche anterior había recibido la noticia de la muerte de su hermano Brian, el más chico del segundo matrimonio de su madre.

-¡Lo mataron, lo mataron, lo mataron! – gritó Mica acelerada
-¿A quién boba, de qué carajo hablás? ¡Contestame!

El Samsung cayó al piso. Mica, la novia de Brian, salió corriendo a frenar a los pibes de la canchita, que ante la noticia empezaron a quemar la casa del pastor Elvio. Dos móviles de la tercera se lo habían llevado minutos antes.  Todos en el barrio sabían que Elvio Cabañas se la tenía jurada desde el día del robo.
El local de la Iglesia Cristo Rey era antiguamente una casa de repuestos de autos, ahora tiene las paredes  celestes y  algunas telas en el techo. Pocos minutos tardó el fuego en quemar las sillas de plástico.

Brian atravesó el pasillo lindero una semana antes, el segundo viernes del mes, y se llevó el diezmo recaudado justo el día que la iglesia completaba sus treinta sillas blancas. No tenía nada contra Dios, ni Jesús, ni nadie. Era respetuoso de las creencias, incluso llevaba tatuado en su pierna derecha una imagen del Gauchito Gil, y debajo, los nombres de sus amigos fallecidos en el Instituto Agote, César y Fabri, en el 2013.

Esa madrugada fue a buscar la recaudación, su rebelión inconsciente contra los dioses tenía un objetivo mayor, reventar los paquetitos de pasta base, que Elvio fraccionaba y vendía, y de paso hacerse del dinero. Casi todos sus amigos del barrio Las casitas consumían.
Sabía del daño que causaba, lo veía diariamente,  también había transitado la euforia, el placer y lo efímero. De un momento a otro empezó a “estudiar la cosa”: quién traía al barrio la pasta base, cómo era su producción, hecha a partir  de residuos de cocaína y procesada con ácido sulfúrico  o cloroformo.  Tenía en su casilla algunos recortes de diarios que daban cuenta de operativos: 50 mil dosis incautadas en Zavaleta, mil cien en Lanús, 20 mil en La Matanza, en el barrio Puerta de Hierro.

En los últimos meses había dado con un cura vinculado a la SEDRONAR, que realizaba talleres en Isla Maciel, barrio lindero al suyo. También se contactó con El Paraíso, una comunidad terapéutica cerrada. Los costos eran altos pero había empezado a juntar guita para que de a poco sus amigos, empezando por los más jóvenes, vieran una ventanita para no seguir cayendo.

-Gil, es encerrarse un tiempito para después vivir la libertad, ¿o querés pasar  lo que te queda encerrado?. Haceme caso.  No seas bobo.

Siempre les decía esa frase. Siempre hasta hoy.

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