Juventud Americano Tesoro: 17 de Octubre de 1945


Por Marcos Mizzi


No fue magia, fue mágico. Hasta ayer eran todos desconocidos, jamás se habían visto (aunque siempre se intuyeron), y resulta que van y se encuentran en la plaza.

Todos estaban en éxtasis, esperando. Y entonces, al esconderse el sol, se asomó el Coronel. ¡Y qué locura! Nori se abrazaba con Luis, Aparicio revoleaba el bombo, Sebastián se tiraba de panza en la fuente donde mojaba las patas, Josefina lloraba emocionada, Raúl parecía un chamán en trance.

¡Qué locura! La sonrisa del General, tan parecida a la de Gardel, saludó desde el balcón a la plaza desbordada, que se agitaba como un océano cuando escucha:

-Esta unidad la sentimos los verdaderos patriotas, porque al amar a la patria no amaremos sus campos o sus casas, amaremos a nuestros hermanos….

Al día siguiente, nada fue igual. La literatura abunda en narraciones sobre la jornada heroica en la que una revolución toma el poder. Pero, ¿qué pasa el día después? ¿qué se hace con la liberación conseguida?

La Nori, por ejemplo. Nori es una fabriquera, una mina compadrona que no se come ninguna. Se vino desde Santiago del Estero con Luis, su pareja, hace unos años, y la echaron de la textil hace unos meses, por “cocorita”. Desde entonces labura de costurera en su rancho de Saavedra, pero hoy Nori, que ya se ha dicho no se come ninguna, decide que no es justo, que no la pueden basurear así, y va (su hijo bebé colgado a su espalda) y arma un quilombo en la puerta de la fábrica.

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También está Aparicio, que vive en Mataderos, y todas las noches, después de trabajar 10 horas en el frigorífico, abre las puertas de su casa para que los muchachos del sindicato puedan juntarse a discutir política. Aparicio tiene el gesto grave del indio tallado en su rostro, y mientras sus compañeros discuten a los gritos, él ceba mates en silencio. Pero ayer fue un día especial, se sabe, y será por eso que hoy Aparicio es que más vocifera y gesticula, insistiendo en la unificación de la lucha sindical en un solo gran frente.

Sebastián es tornero en Constitución. Desde el portón abierto del galpón, vio como se acercaban unos obreros madereros de Avellaneda:

-Muchachos hay que parar el taller, hay que salir a la calle a rescatar a Perón- dicen.

Ni lo dudó, dejó todo, y salió a buscar más gente. Hoy, al salir del trabajo, pasó por la casa del Ruso, y pidió que le volviera a explicar qué era eso de la plusvalía.

Josefina es dactilógrafa, se aburre horas enteras en la oficina transcribiendo documentos, y tiene que bancarse que su jefe se le insinúe todo el tiempo. Ayer, escuchando en la radio que una multitud colmó las calles, se le caían las lágrimas. Hoy, cuando le lleva unos papeles al jefe, y este le toca el culo, Josefina le da vuelta la cara de un tortazo.

Raúl es poeta, historiador y filósofo, aunque no necesariamente en ese orden. Con sus amigos y compañeros, pasaron días y noches encerrados en sótanos, bajando línea y tratando de desandar la lógica imperial que tan hondo cala en la conciencia argentina. Hoy abandonó para siempre el subsuelo que le servía de refugio, siguiendo el ejemplo de la Patria, que ayer hizo lo mismo, sublevándose.

 

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