Juventud Americano Tesoro// San Martín: el bautismo de fuego

Por Marcos Mizzi


La mar luce tranquila por la tarde, y no hay nada en la ondulación suave de sus olas que indique que en la orilla se desata un infierno. Más acá, sobre la costa, el olor a pólvora se mezcla con la brisa cargada de sal, y juntos envuelven a la ciudad de Orán en una nube que se parece a un velo.

En medio de ese velo, el rostro de la fortaleza está descompuesto en los cientos de rostros españoles que resisten el asedio, disparando a ciegas por sobre las murallas, con más resignación que heroísmo. Es que no se ve nada ahí afuera: lo único que permite afinar la puntería son los gritos de los musulmanes que aúllan y claman a Alá: es la sangre desos perros cristianos la que piden sus plegarias.

José de San Martín, desde las calles de la Orán sitiada, contempla todo con ojos de asombro, mientras va llevando un mensaje a uno de los batallones que defienden la ciudad. Sus trece años nunca han visto nada igual: ya son más de 30 días los que lleva bajo asedio la última plaza española en África.

El imperio Otomano y un nuevo rey marroquí decidieron invadir Orán, fortaleza enclavada en la costa sur del Mediterráneo, aprovechando los quilombos internos del Imperio Español. Era una batalla terrible: bajo su escenario latía soterrada la memoria de las guerras entre Roma y Cartago.

Claro que el cadete José no piensa en nada de esto: observa como observan los pibes de su edad: observa puramente, sin preconceptos ni anteojeras. Y lo que ve, lo que escucha, lo que huele, es La Guerra. Gritos, sangre, humo, estallidos, escombros, hambre, llantos. Fascinado, como ante los ojos de una serpiente, José tiene que hacer un esfuerzo para no dejarse atrapar por el hechizo engañero que lo seduce a quedarse quieto, contemplando el caos. Y aunque ya lo intuía desde que de bien pibito prefería corretear por la selva que quedarse pescando en el río, por primera vez comprende: él nació para actuar, para moverse en ese caos y tratar de encauzarlo en un orden coherente.

La nariz aguileña del joven José resuella como la de un potrillo al empezar a trepar de dos en dos escalones la escalera de una torre, llevando las últimas novedades al capitán del cuerpo de granaderos del Rey. Tal vez sea uno de esos juegos del destino: en unos años, él mismo creará ese regimiento en el Ejército Argentino. Pero para eso falta bastante…

Un obús pasa silbando sobre su cabeza, yendo a estallar cinco escalones más arriba. Es un segundo, pero él ya decidió que éste es su juego: salta y en el aire entre el polvo grita con todo el fuelle de sus pulmones.

Cae al piso, esquiva las ruinas recién formadas, sigue corriendo.

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